Lo nacional en la nacionalización

Cuando en la mayor parte del mundo se vive la experiencia global asociada al creciente intercambio de bienes y servicios entre Asia y América, o inclusive entre los países del Norte y del Sur, sin que en términos prácticos importen las fronteras nacionales, en Venezuela uno de los temas de discusión -¿o sólo de conversación?- es el de la nacionalización de actividades económicas “estratégicas”, (petróleo, acero, cemento) según se consideren así en Miraflores. La más fehaciente muestra de esta tendencia mundial hacia el aprovechamiento de capacidades económicas entre países se dio este mes de abril con la reunión entre el presidente chino Hu Jintao, también secretario general del Comité Central del Partido Comunista, y Vincent C. Siew, vicepresidente electo de Taiwán.

Sin haber sido advertido por muchos, esta nacionalizofilia venezolana estaba en el morral de los comacates que traicionaron su juramento de lealtad a la Constitución Nacional y dieron el golpe de estado el 4 de febrero de 1992. Como lo repiten sin cesar, su inspiración viene del espíritu de Simón Bolívar, “el padre de la Patria”, de allí que no falte programa presidencial dominical en el que Hugo Chávez no recurra a la fácil frase de “la Patria Grande de Bolívar”.

En esencia, la referencia a Patria y Nación se puede equiparar a efectos discursivos, retóricos, que buscan llegar por el fácil atajo de la sensiblería patriotera al orgullo de identidad o a la seguridad de pertenecer a un concepto que suma territorio, cultura y gente. La mención de tales comodines retóricos, especialmente ante un auditorio de masas, actúa a manera de gel aglutinante dentro del cual se mantienen unidos elementos de lo más diversos.

Así ocurrió en la Italia de finales del siglo XIX, cuando y donde la diversidad culturas, topografías y sistemas políticos, representó el medio ideal para que naciera un movimiento nacionalista de la mano de Guiseppe Mazzini (Génova 1805-1872).

Comenta David Thomson (Las Ideas Políticas, Ed. Labor, 1967) que durante cuarenta años Mazzini dedicó su ingenio y escasa renta a organizar sociedades revolucionarias y a planear insurrecciones a favor del nacionalismo italiano. “Las teorías de Mazzini resulta hoy flojas y difusas, pasadas de moda”, afirmaba el autor hace treinta años. Tal es el anacronismo con el que se presenta en la actualidad esta fiebre nacionalizadora, en lo económico, pero nacionalista en lo político, que lleva adelante Hugo Chávez.

Revisar tal libro, luego de esquivar el polvo que ha guardado en el estante, muestra singulares coincidencias con la realidad actual. La afirmación que Thomson le atribuye al autor italiano en la que sostiene que “nuestra patria es nuestro campo de labor; los productos de nuestra actividad deben salir de este campo para beneficio de toda la tierra”, se parece demasiado al concepto de Desarrollo Endógeno de la Revolución Bolivariana. La coincidencia continúa al hacer un paralelismo entre la noción de “patria” con la del progreso social: “donde no hay patria (…) solo rige el egoísmo de los mezquinos intereses particulares”. Por tanto, el individuo y su interés particular es considerado apátrida.

Nada distinto repite Hugo Chávez casi siglo y medio después cuando en un programa Aló Presidente (Puerto La Cruz, 10 de octubre de 2004) anunció: “hoy comenzamos la segunda fase de la verdadera nacionalización de Petróleos de Venezuela, del petróleo venezolano. La segunda fase vamos a llamarla: Plena Soberanía Petrolera. ¿En qué consistirá esto? Vamos a comenzar a deshacer los entuertos heredados de la vieja Pdvsa entreguista y apátrida, controlada por intereses transnacionales”.

De seguidas, se dedicó a dar explicaciones sobre la manera como “la vieja PDVSA”, respondiendo a intereses del “imperio” norteamericano, renunció al derecho de propiedad de los recursos del subsuelo y firmó contratos en condiciones desventajosas para la Nación.

Tal ha sido la base discursiva, derivada de una intención política, con la cual se anunció la “verdadera nacionalización” petrolera. Con más énfasis en los últimos cuatro años, el presidente Chávez y sus cercanos servidores ministeriales han ido construyendo una historia petrolera basada en la repetición de mentiras, como la afirmación de que la Revolución Bolivariana impidió la privatización de PDVSA. O también la acusación de que las empresas petroleras internacionales que operaban distintos campos en razón de los convenios operativos se llevaban el crudo para venderlo a mejores precios en el exterior. Nunca ocurrió así, puesto que todo el crudo producido en cualquiera de los llamados entonces “campos marginales” debía ser entregado a PDVSA a través de una red de estaciones de bombeo y tuberías.

Las empresas internacionales que participaron en la Apertura Petrolera trajeron inversiones que la PDVSA de entonces no estaba en condiciones de realizar. Ciertamente, hoy las condiciones en el mercado mundial son inmensamente diferentes a entonces. El precio del barril de petróleo supera los 110 dólares por barril, existe un déficit en la capacidad de refinación a escala mundial, a la par de una creciente demanda empujada por economías como la China, el conocimiento tecnológico se ha desarrollado para facilitar los procesos aguas arriba y aguas abajo. Sin duda, mantener hasta hoy las condiciones tributarias y contractuales de los convenios operativos y las asociaciones estratégicas resultaría poco ventajoso para el país, pero para ello bastaba la renegociación de los contratos, y no la decisión de hacer de PDVSA una especie de paria en el concierto de las empresas petroleras internacionales.

La “nacionalización” no es más que una acción político-ideológica que privilegia el esquema tributario rentista, y no la visión de mantener a PDVSA como una empresa propiedad del Estado Venezolano, como siempre lo fue desde su fundación el 30 de agosto de 1975. La calificación de “Plena Soberanía Petrolera” a este proceso responde a uno de los principios propagandísticos de Joseph Goebbels por el cual la propaganda debe etiquetar los acontecimientos con frases o consignas distintivas. En el mismo sentido encontramos frases del discurso oficial de PDVSA como la “internalización de los hidrocarburos”, que no es más que una re-expresión del desarrollo (petrolero) endógeno.

En ese sentido, todas las explicaciones y justificaciones que Hugo Chávez haga de su política petrolera, se ajustan también al principio propagandístico por el cual el nacional socialismo alemán siempre decía la verdad y sus enemigos contaban mentiras. “Las mentiras eran útiles cuando no podían ser desmentidas”, explica Leonard W. Doob en el clásico ensayo “Goebbels y sus principios propagandísticos” (En: Sociología de la comunicación de masas”, M. de Moragas, Editorial GG).

Por ahora son pocas las voces y los medios que desmienten la historia oficial. Los textos que difunde PDVSA están llenos de frases donde abundan las referencias a una “política petrolera nacional, popular y revolucionaria”.

La verdad es que desde el 31 de diciembre de 1975, cuando quedaron canceladas las concesiones a las empresas extranjeras, la industria petrolera venezolana ha sido siempre “nacional”. Ciertamente hoy lo es, pero no por un proceso nacionalizador, sino por otro nacional-populista-socialista que considera el petróleo como un recurso valioso en sí mismo en su condición de materia prima, desatendiendo la valorización de las cadenas de refinación y comercio, tanto en Venezuela como en Estados Unidos y Europa, que son los principales destinos de consumo. Privilegiar el recurso natural en su condición moneda de intercambio ideológico, como ocurre son los convenios con Cuba; o internamente, como fuente de recursos para el desmedido gasto social (que no inversión, porque no se asegura el retorno de beneficios), significa la conversión de una empresa “de escala mundial”, como se pensó en la década de 1990, a un simple apéndice del Ejecutivo Nacional que busca control político y económico interno y externo.

En síntesis, la “auténtica nacionalización” petrolera de Hugo Chávez es un anacrónico alijo de ideología, ignorancia, ineficiencia, ambición, poder y desprecio por el valor de los hidrocarburos que están en el subsuelo de la Nación.

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